Los errores del independentismo en Cataluña

Artículo publicado por Vicenç Navarro en la columna “Dominio Público” en el diario PÚBLICO, 24 de diciembre de 2015.

Tanto en la cultura mediática como en la cultura política de España (incluyendo Cataluña) se confunde constantemente el concepto de soberanismo con el concepto de independentismo. En realidad, los partidos independentistas en Cataluña han monopolizado el uso del término soberanismo, de manera que los dos términos – soberanismo e independentismo – se utilizan de manera intercambiable. Y ello ocurre también en los círculos mediáticos y políticos centrados en la capital del Reino (que tienen poco que ver con el Madrid popular), que promueven esta identidad e intercambiabilidad de ambos términos.

Soberanismo, sin embargo, es un término más amplio que el independentismo. Un pueblo, una nación, puede ser soberano (y por tanto tener el poder de decidir sobre qué relación desea con otros pueblos o naciones) y aun así escoger no ser independiente. Poder de decidir implica el poder de escoger entre varias alternativas, una de ellas, naturalmente, la independencia. En Cataluña hay una amplia mayoría que favorece el soberanismo, es decir, el poder de decidir, tanto a nivel de opinión popular (todas las encuestas – la última publicada en La Vanguardia el 2 de mayo de 2015 – muestran que la gran mayoría de la población -casi el 80%- quiere votar sobre si desea o no la independencia), como también a nivel de apoyo electoral. En las últimas elecciones autonómicas de Cataluña, si se suman los votos de Cataluña Sí Que es Pot (CSQP) (que incluye en su programa la demanda de un referéndum) a los de los partidos independentistas Junts Pel Sí y la CUP, entonces el porcentaje de voto soberanista (es decir, a favor del derecho a decidir) fue de un 57%, que es un porcentaje que legitima y hace potente, tanto dentro como fuera de Cataluña y de España, la demanda para la autodeterminación (que es ni más ni menos que el derecho a decidir), demanda que históricamente las izquierdas, no solo catalanas, sino también españolas, habían hecho suya durante la clandestinidad.

Tanto el Partido Comunista de España como el PSOE reconocían el derecho de autodeterminación de Cataluña y de otros pueblos y naciones de España en su lucha contra la dictadura. Los que vivimos y luchamos contra la dictadura en aquella época bien lo recordamos. El hecho de que renunciaran a ello durante el proceso de la Transición se debió a la presión realizada sobre ellos por parte de la Corona y del Ejército, que escribieron en piedra, en la Constitución, que España era la única Nación, y que tal unión estaba garantizada por el Ejército (art. 2 y 8 de la Constitución). Con ello se vetó la posibilidad de establecer un Estado plurinacional, imponiendo que la unión fuera por la fuerza y no por voluntad de los distintos pueblos y naciones de España. Se vetó así la plurinacionalidad y el derecho a decidir que es más amplio que la demanda por la independencia.

Ahora bien, estamos viendo el agotamiento del régimen político iniciado en aquella Transición. Y están apareciendo, no solo en Cataluña, sino en otras partes de España, movimientos soberanistas, algunos independentistas y otros no, que cuestionan la visión uninacional de España. En Cataluña, el movimiento soberanista es mucho mayor que el movimiento independentista (es más, gran parte del independentismo catalán es, en realidad, soberanismo frustrado ante la resistencia del Estado central a aceptar la plurinacionalidad de España).

El soberanismo tiene mayor apoyo que el independentismo

Y de ahí deriva el primer gran error de los independentistas. Parecen no darse cuenta o aceptar que incluso para alcanzar el objetivo que desean, la independencia, tienen que hacerlo a través del desarrollo del soberanismo. Querer saltarse esta etapa ha llevado a la situación en la que, paradójicamente, esta monopolización del término soberanismo por parte del independentismo está perjudicando incluso al independentismo, pues se le argumenta, con razón, que no tienen el apoyo democrático necesario de la mayoría de la población en Cataluña. La capital del Reino no podría utilizar este argumento en contra del soberanismo, cuya mayoría electoral quedó claramente demostrada en las últimas elecciones autonómicas. El énfasis en soberanismo en lugar del independentismo era mucho más poderoso y legitimado pues contaba y continúa contando con un apoyo mayoritario. Priorizar el alcanzar la independencia cuando no se ha alcanzado todavía la soberanía ha sido un gran error. Mientras que la gran mayoría de la población catalana desea tener el derecho a decidir, solo el 48% de la población que votó en las elecciones autonómicas desea la independencia. Ni que decir tiene que un 48% es una cifra muy respetable. Pero no es la mayoría. La mayoría votó por partidos no independentistas.

Pero un dato de especial importancia es que los que no votaron por la independencia fueron primordialmente las personas pertenecientes a la clase trabajadora en Cataluña, lo cual no quiere decir (como siempre maliciosamente se me malinterpreta) que en el movimiento independentista no haya personas pertenecientes a la clase trabajadora. Sí que las hay, pero la mayoría de la población de los barrios obreros no votó a favor de partidos independentistas. Hay una relación inversa en Cataluña entre nivel de renta y apoyo a la independencia. La evidencia está ahí para todo aquel que quiera verla. Y las razones para ello son múltiples. Una de ellas es que la mayoría de la clase trabajadora procede de otras partes de España, lo que explica su identificación emocional con España, movilizándose en las elecciones autonómicas (centradas en independencia sí o independencia no) detrás de partidos como Ciudadanos que se presentaron como los defensores de la unidad de España.

La alianza de clases de los partidos progresistas independentistas que es perjudicial para las clases populares

Esta situación hace que lo que ocurre en Cataluña se diferencie enormemente de lo que ocurre en Galicia o en Escocia. En Galicia, la clase trabajadora habla gallego, pues la inmigración procede de las zonas rurales de Galicia. De ahí que el independentismo sea de clase obrera y la lucha por la identidad gallega y por la clase trabajadora sean luchas paralelas, cuando no idénticas. Hoy, la gran mayoría de nuevos alcaldes de las grandes urbes gallegas son independentistas. En Cataluña, la gran mayoría de la clase trabajadora, aunque al principio del siglo XX procedía de las zonas rurales, pronto empezó a proceder primordialmente del sur de España.

Escocia es una realidad más parecida a Cataluña, pues gran parte de la clase trabajadora procede ya de otras partes del Reino Unido (y de la Commonwealth), distintas a Escocia. Y de ahí que el crecimiento del movimiento independentista en aquel país se deba más a causas sociales que identitarias. El Partido Nacional Escocés ha estado, hasta muy recientemente, a la izquierda del Partido Laborista, que ha ido defraudando a la clase trabajadora escocesa. El trasvase del electorado obrero de tal partido al Partido Nacional Escocés ha sido clave para explicar el éxito del independentismo.

En Cataluña, sin embargo, el movimiento independentista ha sido hegemonizado por las derechas catalanas, y muy en particular por el partido liberal CDC, responsable de las medidas neoliberales (reformas laborales y recortes) que han perjudicado más a la clase trabajadora catalana. De ahí que la clase trabajadora no se sienta identificada con el independentismo, y haya votado, en las últimas elecciones autonómicas, al partido percibido como más anti-independentista que se percibía era Ciudadanos. Esto no cambiará, y de ahí que el futuro del independentismo sea limitado, a no ser que éste movilice a la clase trabajadora, que hoy simpatiza poco con él.

Se me dirá que la CUP, Candidatura de Unidad Popular, un partido de izquierdas radical independentista tiene dicho potencial, pero la realidad es que tal partido es minoritario entre la clase trabajadora. Es más, el anteponer siempre el tema nacional (considerando el alcanzar la independencia como su meta más urgente) le lleva a unas alianzas (como estamos viendo estos días) con la derecha neoliberal que dificulta la movilización de tal clase. Serán percibidos por las clases populares como los que han salvado a CDC, el partido liberal responsable de la altamente impopular reforma laboral (que ha causado un descenso espectacular de los salarios) y de los recortes del gasto público social (que han perjudicado el bienestar de las clases populares). Centrar el debate en apoyar la investidura del Presidente en funciones, el Sr. Mas (el máximo dirigente de CDC), parece olvidar que el problema de Junts pel Sí no es solo la persona del Sr. Mas sino el dominio de tal coalición por el partido heredero del pujolismo y responsable del gran retraso social en Cataluña. CDC es el pujolismo que hoy, en el postpujolismo, se ha transformado en independentista, sin variar un ápice sus políticas económicas y sociales, que lo convirtieron en el mejor aliado del PP en las Cortes Españolas. Creer que ello quedaría olvidado por un “rescate social”, es ignorar que este partido continuaría dominando la Transición hacia un Estado independiente, configurando, por lo tanto, el rechazo de las clases populares hacia el independentismo. Las últimas elecciones legislativas a las Cortes Españolas, con la victoria contundente de En Comú Podem en Cataluña, muestran que la combinación de demandas sociales, urgentes y necesarias, junto con la del reconocimiento de Cataluña como nación, es el mejor camino para, en alianza con fuerzas fraternales en el resto de España, permitir un cambio sustancial tanto en Cataluña como en los distintos pueblos y naciones de este país.

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