La moral de Rajoy

Mariano Rajoy está demostrando más moral que el Alcoyano cuyos jugadores, según la leyenda, reclamaban penalti cuando en los últimos minutos perdían por once a cero. La verdad es que hay que tener mucha, mucha moral para estar negociando, como hace Rajoy, la formación del nuevo Gobierno mientras los jueces imputan a corporaciones enteras de su partido, el PP tiene que apresurarse a aforar a alguno de sus líderes más importantes para impedir in extremis que sea conducido a prisión, y la Guardia Civil registra las inmediaciones de su despacho en la calle Génova o las de sus militantes más cooperativos.

¿Con qué argumentos puede defender el hombre su pretensión de seguir al frente del Ejecutivo? ¿Cómo va a defenderse cuando sus interlocutores – Sánchez o Rivera – le rebatan que con un partido en las circunstancias en que se encuentra el PP no hay manera de presentar en público acuerdo alguno de asociación o pacto? Nadie acusa a Rajoy personalmente de estar implicado en los chanchullos de centenares de los suyos en comunidades autónomas y ayuntamientos, pero sí de haberlo permitido durante años.

Incluso él lo reconoce cuando minimiza lo que está ocurriendo y lo describe “salvo alguna cosilla” o promete, “no pasaremos ni una más”, lo cual parece dejar implícito el reconocimiento de que algunas si se han permitido cuando menos con la vista gorda. El gran problema que enfrenta el aún presidente en funciones no es, como él ha repetido, actuaciones personales, que también las debe de haber. El gran problema es que se va demostrando que estamos ante una corrupción generalizada e institucionalizada.

Los nombres policiales de las tramas, Gürtel, Púnica, Bárcenas, Taula, etcétera, reflejan que detrás de los enriquecimientos conocidos funcionaban organizaciones delictivas que en algún caso ya empiezan a implicar al PP como institución. El partido que aún nos gobierna y aspira a seguirnos gobernando, ya aparece investigado, es decir, imputado por algún caso y puesto bajo la mirada de jueces, fiscales y fuerzas de seguridad por otros. No debe sorprender, por lo tanto, que el acuerdo para la investidura que debería contar con su participación activa o pasiva, resulte tan difícil; es decir. Con él a la cabeza, imposible.