CARABAÑA EN EL SIGLO XVIII (Parte 3)

Teniendo presentes las limitaciones de nuestro indicador, encontramos que de 215 declaraciones, tan sólo cinco aparecen sin firma y sin datos al respecto y que las restantes se distribuyen del siguiente modo:

Declaraciones hechas por hombres

— que firman                                                  76 – 44 %

— que no saben firmar                                96 – 56%

Declaraciones hechas por mujeres

— que firman                                                  2 – 5%

— que no saben firmar                                36 – 95%

Declaraciones sin firma, y sin datos al respecto                5

De las 76 firmas de hombres, 15, siendo generosos en la apreciación, han de ser calificadas como de simples dibujos. Resulta, por lo tanto, que en Carabaña, en 1752, entre el 65 % y el 56 %, cuando menos, de los adultos masculinos resultaba ser analfabetos (no sabían escribir), pudiendo sospecharse que en el caso de las mujeres esta cifra se elevase al 95 %, lo que en conjunto supone entre un 80 % y un 75,5 %, cuando menos, de la población adulta total de la villa. La cifra adquiere mayor significación si se la compara con el 75,5 % de analfabetos en la España de I860, un siglo más tarde y con el 63,8 % de 1900 31. Las consecuencias de la ausencia de maestra para las niñas quedan evidenciadas en las cifras, aun cuando de haber existido maestra, no es seguro que la lectura y la escritura hubiesen formado parte de su enseñanza. La escuela de niños pudo lograr, por el contrario, entre un 35 % y un 44 % máximo de alfabetizados masculinos, lo que, sin duda, es buena muestra de esa acción escolar que cuando no existía, o cesaba por largos espacios de tiempo, sumía a los pueblos en el analfabetismo hasta extremos insospechados.

 

Saben firma       Edades       no        Saben firmar     Edades                 No              ………………………………saben ………………………………………..saben           ……………………………..firmar………………………………………. firmar

…………………81.85                1                      5                  41-45                    12

…………………76-80              1                      8                  36-40                   19

1                            71-75                                      13                 31-35                    9

………………….66-70              1                      6                  26-30                   11

6                             61-65               6                   14                 21-25                    8

4                             56-60               5                                        16-20                    9

13                           46-50                5

Distribución por edades de alfabetizados-analfabetos.

La distribución por edades de los alfabetizados-analfabetos nada parece añadir al análisis, puesto que se dan por igual en todos los grupos de edad. Su inserción en la vertiente masculina de la pirámide de población permite apreciar el sector masculino sobre el que se toma el índice de analfabetismo; el resto de la población masculina estaba comprendida en las declaraciones de los primeros por ser familiares suyos o entre las cinco declaraciones sin firma (ver fig. 5). En relación con la estructura socioprofesional de la villa, el analfabetismo se presentaba de la siguiente forma:

Clases             Sujetos                Saben                No saben        Analfabetos                                                                   escribir               escribir

Labradores       43                           30                13                           43%

Jornaleros        43                           10                  33                           66%

Pastores            15                           3                     12                           80%

Criados              25                           4                    21                           80%

Comerciantes:

carretero trajinante

carnicero estanquero

tendero mesonero

……………….6                             1                             5                             80%

Artesanos:

herreros tejedores

alarife sastres

bataneros molineros

albéitar panaderos

zapateros              16                           10                           6                             38%

 

Gente de letras, cargos

públicos, burócratas

estudiantes, eclesiásticos

…………………….14                           14                                                              0%

 

Pobres e impedidos

…………………….6                                                            6                             100%

 

La destacable inversión de datos que se da entre las clases de los labradores y los jornaleros parece hablarnos de que, siendo los labradores (dueños de la tierra) herederos con toda probabilidad de labradores, en un sociedad con escasa movilidad, la posesión de la tierra había de proporcionar seguridad suficiente como para hacerse sensible a necesidades secundarias. Lo contrario ocurriría entre los jornaleros, cuya existencia incierta dependía de los no muchos días que al año podían encontrar tajo al que aplicarse, y cuyos intereses habrían de estar forzosamente centrados en torno a lo más primario. A causa de ambos procesos, podemos suponer que posesión de la tierra y posibilidades de cultura iban parejas en esta sociedad rural.

Mientras la situación de los artesanos parece próxima a la de los labradores, llama la atención el grupo que hemos clasificado como de comerciantes. Pastores y criados parecen estar en clara desventaja cultural, pero sobre todo los criados que formarían el estrato culturalmente más bajo, a excepción del de los mendigos, y por oposición a la minoría cultivada, integrada en buena medida por clérigos —6 de entre 14 personas. En las declaraciones tan sólo aparecen dos estudiantes, «clérigos de menores, colegiales de Sta. Justa y Rufina de Alcalá», de 21 y 22 años, hijos del sacristán Juan Zacarías Gómez. Los sacristanes, que frecuentemente ejercían el oficio de maestros de escuela, podían pasar en el mundo rural por personas relativamente cultas, con algo, por consiguiente, que enseñar y disfrutar, entre las gentes del común, de un status social superior al de muchos otros. El mencionado sacristán de Carabaña es muestra de cuanto acabamos de decir: el único vecino que tenía hijos estudiantes en 1752, que no había conocido la muerte de ninguno de sus diez descendientes —caso verdaderamente excepcional que puede suponer un cierto nivel de vida—, que apadrinaba niños abandonados, que tenía tierras propias y criados y habitaba una de las pocas casas, cuyo valor (140 rls.) se tasaba en el pueblo por encima de los 100 reales anuales, según valoración pericial que, para el Catastro, se añadió a las declaraciones. A lo largo de este medio siglo, tan sólo conocemos a otros tres estudiantes: el presbítero don Alfonso Manuel de Cuevas, hijo de donjuán y doña María de Fuentes, nacido en Carabaña en 1707, en el seno de una familia hacendada de hidalgos labradores, quien disfrutaba de una capellanía en la iglesia parroquial del pueblo; el presbítero don Juan Francisco Solana, nacido en 1725, que había cantado su primera misa en Carabaña en 1749 y cuyo padre, con quien vivía, ostentaba el cargo de Alcalde por el Estado general; y el presbítero don Francisco Javier Sánchez, nacido en 1727, hijo de una familia de labradores. Cabe suponer que, en este mundo rural, el fin de quienes emprendiesen estudios fuese con frecuencia el estado eclesiástico y la posterior ocupación de las capellanías y beneficios dotados de las iglesias de sus lugares de origen. Como constatación, resulta curioso que de los seis clérigos censados en Carabaña, tres fuesen los arriba mencionados; el cuarto, don Juan Sánchez Cañaveras, de 62 años, también natural del pueblo donde vivía con una hermana viuda, un sobrino y algunos criados; el quinto, Fray Pedro de San Joaquín, procedente del convento de Sta. Bárbara de Madrid, que cuidaba la hacienda de un sobrino y dos sobrinas huérfanos (entre los 22 y los 30 años) con ayuda de cuatro criados; y el único que ni era natural del pueblo ni tenía en él intereses detectados de otro tipo, don Manuel Collado y Ruete, cura propio nombrado en 1745.

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