Nos falta un día festivo: el 19 de noviembre.

El 19 de noviembre de 1933 se celebró la primera vuelta de las segundas elecciones generales de la Segunda República Española para las Cortes y fueron las primeras en que las mujeres ejercieron el derecho al voto. Las elecciones dieron la mayoría a los partidos de centro-derecha y de derechas, lo que dio lugar al denominado bienio radical-cedista o bienio negro de los años 1933-1936.

El 1 de octubre de 1931 el Pleno del Congreso de Diputados aprobó, por 161 votos frente a 121, el artículo 36 de la Constitución de la II República Española que reconocía el derecho de las mujeres al voto, y que se ratificó el 1 de diciembre en una votación aún más ajustada: 131 votos a favor (el 28%) frente a 127 (27%), estando ausentes el 45% de los diputados y diputadas.

La tenacidad de la diputada Clara Campoamor fue decisiva para rebatir a quienes pretendían retrasar el reconocimiento del voto femenino “hasta que las mujeres dejaran de ser retrógradas” (Álvarez Buyita, Rico); “hasta que transcurran unos años y vea la mujer los frutos de la República y la educación” (Kent) o indefinidamente, “porque las mujeres son histéricas por naturaleza” (Novoa Santos); y a quienes proponían excluirlo de la Constitución para poder negarto si las mujeres no votaban de acuerdo con el gobierno (Guerra del Río) o reducirlo a tas mayores de 45 años “porque antes la mujer tiene reducida la voluntad y la inteligencia” (Ayuso). Las otras dos únicas diputadas, Victoria Kent, del Partido Radical Socialista, y Margarita Nelken, del PSOE, también feministas, consideraban inoportuno el reconocimiento del voto femenino y no lo apoyaron.

El camino para llegar hasta ahí no había sido fácil. Gracias a la lucha de muchas mujeres anónimas, la cuestión llegó a las cortes republicanas en 1931. Paradójicamente, ahí había tres diputadas-Clara Campoamor, Margarita Nelken y Victoria Kent- a pesar de que ninguna de ellas había podido votar en las elecciones. Fue una de ellas, Clara Campoamor, quién defendió contra viento y marea – y contra sus dos compañeras de sala- que se cambiase la Constitución para incluir el derecho a voto de las mujeres. Frente a quienes señalaban que no se debía conceder el voto a las mujeres porque éstas, influidas por la Iglesia, votarían a la derecha, Campoamor argumentó que el voto debería ser un derecho inalienable, independientemente de su orientación. Su empeño tuvo éxito y la enmienda a la Constitución se cambió ese mismo año, aunque hasta 1933 no se hizo efectiva.

<em>Nos falta un día festivo: el 19 de noviembre</em>
Varias mujeres hacen cola para votar en un colegio de Eibar.

Es la Constitución de la Segunda República la que en 1931 establece, sobre la base del principio general de igualdad ante la ley, los mismos derechos electorales para mujeres y hombres (art. 36). Antes, en las elecciones a las Cortes constituyentes de las que nació el texto constitucional las mujeres gozaron del sufragio pasivo (derecho a ser votadas y elegidas), pero no del activo (derecho a votar). Fue pues en esas primeras elecciones celebradas tras la aprobación de la Constitución republicana cuando las mujeres concurrieron a las urnas en las mismas condiciones de igualdad que los hombres.

Que esta fecha no se recuerde hoy oficialmente en España es muy sintomático del tipo de régimen político nacido de la transición y la Constitución de 1978. El pacto de silencio y olvido en que este se sustenta ha impedido la reivindicación de la herencia republicana, incluyendo sus logros en materia de igualdad de género. De ahí que la educación que las y los estudiantes reciben en las aulas tenga enormes déficits relacionados con este periodo histórico (como, por ejemplo, cuándo es la primera vez que las mujeres votaron en España). No por desinterés o descuido, sino porque su estudio no forma parte de los contenidos que el Estado considera que una ciudadanía mínimamente formada debe conocer de su pasado.

En consecuencia, con la ideología que está detrás de este pacto de olvido, a ninguno de los sucesivos gobiernos habidos desde 1978 -UCD, PP y PSOE- se les ha ocurrido introducir esta fecha del 19 de noviembre en el elenco de festividades oficiales. Si las fiestas oficiales son símbolos y su calendario se compone de las fechas que se quieren recordar, destacar u homenajear como los hitos que jalonan el devenir de una comunidad política, para el régimen nacido de la Transición el voto femenino no es uno de ellos (sí lo son, en cambio, las festividades católicas).

Este silencio contrasta profundamente con la violencia estructural que sufren las mujeres, con que el patriarcalismo subsista, con el hecho de que la violencia de género aumente y con que sus cifras afecten a mujeres cada vez más jóvenes. Mientras, esa Iglesia católica que sigue marcando las festividades oficiales defiende, con el apoyo histórico de los gobiernos citados, la visión de la mujer como subordinada al hombre, es decir, al “cabeza de familia”. Así lo escriben con toda impunidad y sin complejos en sus libros y documentos.

Por todo ello, frente al silencio y desprecio oficial, hoy 19 de noviembre debemos recordar con orgullo a las mujeres y hombres que hicieron posible que en la España de los años treinta, en la España republicana, se avanzara como nunca en la igualdad real. No solo por el voto femenino, sino también por el reconocimiento de los derechos laborales de las mujeres y su total capacidad contractual; por el matrimonio civil con plena igualdad de derechos y deberes para ambos sexos; por el reconocimiento del divorcio; por la obligación legal de regular la investigación de la paternidad; por la igualdad entre los hijos nacidos dentro y fuera del matrimonio; por la exclusión del delito de adulterio (aplicable históricamente solo a la mujer); o por la obligación de proteger la maternidad y la infancia. Cuestiones todas ellas que dejaron de ser privadas para pasar a ser tuteladas por el Estado desde el principio de igualdad y la exigencia de proteger a las personas en situación desfavorecida. Incluso en 1936 la Generalitat aprobó un decreto por el que se legalizaba el aborto y se establecían medidas para garantizar la libre decisión, los derechos y la salud de la mujer.

Romper con esa España patriarcal y católica costó caro a la República. La dictadura franquista terminó de raíz con este proceso y el discurso de la igualdad desapareció del espacio público, volviendo a la sociedad machista y autoritaria cuyas sombras todavía hoy nos persiguen.

Que hoy fuera un día festivo sería no solo un símbolo de una ciudadanía con cultura de los derechos humanos, sino también una buena forma de homenajear a las mujeres y hombres que intentaron cambiar el destino de la historia de este país, y de hacer ver a las futuras generaciones que la igualdad de género es una pieza clave para el desarrollo en términos democráticos de toda sociedad.

Mientras no sea así, nos falta una fiesta: el 19 de noviembre.