La resistible ascensión de Geert Wilders

Miguel Urbán

Responsable de la Secretaría de Europa de Podemos y portavoz en el Parlamento Europeo.

Las elecciones en Holanda no eran unas elecciones más, podemos decir que inauguran un ciclo electoral que será decisivo para la configuración del futuro en Europa, a las que le seguirán las presidenciales en Francia en mayo, las alemanas en septiembre y las austriacas en octubre. Incluso quién sabe si al final, Italia este año también se unirá al ciclo electoral de resultados inciertos para la configuración de un proyecto europeo que cumple este mismo mes de marzo sesenta años inmerso en una de las mayores crisis políticas de su historia. Pero las elecciones en Holanda no solo inauguran un ciclo electoral incierto para la UE, sino que también sirve en cierta forma como barómetro para medir la pujanza electoral de la extrema derecha europea después del Brexit y la victoria de Donald Trump.

A pesar de que la prensa de media Europa celebra la derrota de la ultraderecha en Holanda, la verdad es que el ascenso electoral del islamófobo Geert Wilders del Partido de la Libertad no se ha frenado, todo lo contrario. A pesar de no haber conseguido ganar, durante gran parte de la campaña partió como favorito en las encuestas y ha mejorado sensiblemente sus resultados, pasando de 15 a 20 escaños en un escenario en donde los principales partidos han perdido gran parte de su apoyo, convirtiéndose en la segunda fuerza de la cámara y el principal partido de la oposición. Unos resultados que confirman, mas allá de lo que se empeñen los titulares en maquillar, el auge global de los movimientos antiestablishment de extrema derecha. Así mismo, la posibilidad de que Marine Le Pen, del Frente Nacional, obtenga un excelente resultado en las presidenciales francesas de mayo, que Alternativa por Alemania consiga por primera ven entrar en el Bundestag como tercera fuerza y que el FPO pueda ganar las legislativas en Austria son una muestra de cómo los monstruos del pasado forman parte del presente europeo.

Desde las instituciones europeas y los partidos del establishment son recurrentes las llamadas de alerta ante el auge de actitudes racistas y organizaciones xenófobas. Sin embargo, en lugar de plantear contrapropuestas para combatir estos discursos excluyentes, esos mismos actores están aceptando el terreno de confrontación que propone la extrema derecha, asumiendo así buena parte de sus postulados, como estamos comprobando de forma alarmante en la campaña holandesa. De esta forma y en última instancia, normalizan ese discurso y legitiman el espacio político que conjuntamente van generando. Es lo que en Francia se conoce desde hace años como “lepenización de los espíritus”.

En este sentido, el primer ministro Mark Rutte, ante el ascenso de Wilders en las encuestas, lanzó un doble lema electoral que suena demasiado parecido a los eslóganes excluyentes wilderianos: “Holanda tiene que seguir siendo Holanda” y “Nuestros valores deben ser protegidos”. Incluso Rutte ha utilizado la crisis diplomática con Turquía en el último tramo de la campaña para arañar votos del electorado xenófobo de Wilders. De esta forma, parece que Europa se alegra de la victoria de la derecha radical de Rutte con tal de frenar a la extrema derecha de Wilders.

A pesar de que al final se realice un cordón político que evite la entrada de la ultraderecha en el gobierno holandés, corremos el peligro de que sí que entren sus ideas.

La amenaza para los valores nacionales que en teoría supone la inmigración procedente de países musulmanes es la principal preocupación para el 86% de los electores, según una reciente encuesta de Ipsos. Y la mayoría argumenta que “ya no cree en los partidos tradicionales” para hacer frente a esta supuesta amenaza.

De hecho, para poder entender el éxito de Wilders en las últimas contiendas electorales, hay que relacionarlo con la crisis política que vive Holanda y, en cierta medida, el conjunto de Europa. Una crisis de los partidos que tradicionalmente han ostentado el poder desde la II Guerra Mundial. De esta forma, estamos viendo el desplazamiento de los espacios electorales tradicionales hacia opciones políticas que hasta ahora se encontraban en sus márgenes. En los años ochenta, socialdemócratas (PvdA), liberales de derecha (VVD) y democristianos (CDA) se repartían el 80% de los escaños. En estas elecciones, estos tres partidos no suman juntos ni el 40% de los votos.

La crisis de los partidos que tradicionalmente han ostentado el poder después de la II Guerra Mundial, no parece ser un síntoma particular de un país concreto, sino más bien europeo, un síntoma de su transformación en ese extremo centro que gobierna Europa en una gran coalición. En los últimos años hemos visto cómo fundamentalmente ha sido la socialdemocracia la que se ha visto desplazada electoralmente por la emergencia de nuevas fuerzas que están ocupando gran parte de su espacio político.

El sociólogo de la Universidad de Tilburg, Merijn Oudenampsen, se preguntaba qué habría pasado si el PvdA (socialdemócratas) no hubiera firmado ese acuerdo (acuerdo de gobierno en gran coalición con los conservadores). Él mismo se respondía. “El debate político en los últimos cuatro años se habría centrado en las políticas de austeridad.” Y no en los supuestos peligros de la migración. Un debate y unas políticas de gobierno que han desgarrado a los socialdemócratas, hasta tal punto que han pasado de 38 diputados a solo 9, de ser la segunda fuerza a la séptima en el parlamento. Unos resultados que demuestran el castigo a un partido que ha traicionado a sus electores con una política austericidia desde el gobierno de gran coalición con el VVD. Nadie en Grecia llorará hoy por la debacle de los socialdemócratas de Dijsselbloem, cierta justicia poética después de su gestión al frente del Eurogrupo.

La ascensión meteórica del PVV, quizás la más importante de la derecha radical europea en los últimos años, hunde sus raíces en una escisión del Partido Popular por la Libertad y la Democracia, una de las principales fuerzas políticas holandesas desde la II Guerra Mundial, del que Wilders era diputado. La ruptura se produjo en 2004 debido a su desacuerdo con la entrada de Turquía en la Unión Europea. Dos años después formó el PVV, consiguiendo nueve diputados en las elecciones legislativas de 2006. Pero realmente, su éxito recoge el legado de Pin Fortuyn, que, con un discurso nuevo en el panorama político, marcado por un populismo antipolítico contra las elites holandesas, una crítica al modelo de integración de la inmigración y, sobre todo, una islamofobia visceral, consiguió, en 2002, el 35% de los votos en las elecciones municipales de Rotterdam, tradicional feudo socialdemócrata. Dos meses más tarde, se presentó a las elecciones legislativas con un partido recién formado, que adoptó el nombre de su carismático líder, Lista Pin Fortuyn quien, a ocho días de la votación y cuando los sondeos le pronosticaban la victoria, fue asesinado a la salida de un debate electoral. A pesar de la muerte de Fortuyn, su partido consiguió ser el segundo más votado en las elecciones legislativas, lo que le permitió formar parte de la coalición de gobierno.

Pero su fortaleza electoral resultó ser su talón de Aquiles. La Lista Pin Fortuyn (LPF) no era un partido al uso; se creó dos meses antes de las elecciones como una mezcla variopinta de ciudadanos agraviados. Sin su líder como cemento, sin vida interna y sometidos a las contradicciones de formar parte de la alianza de gobierno, las luchas internas estallaron y carcomieron a la formación, que no consiguió sobrevivir a las siguientes elecciones. Sin embargo, el legado de Fortuyn está hoy más presente que nunca en la sociedad holandesa y tiene un claro heredero en Wilders.

La gran victoria de Wilders ha sido que los principales partidos hablen como él, consiguiendo condicionar el debate público con la normalización de sus postulados xenófobos e islamofobos.

Con las promesas de “voy a devolver Holanda a los holandeses. Voy a encargarme de la escoria marroquí que impone el terror en nuestros barrios”, Geert Wilders comenzó su campaña electoral. El programa electoral del PVV podría explicarse en una única hoja que se resumiría en “desislamizar” Holanda. Y con vagas menciones a otras cuestiones como sanidad, educación, pensiones… pero siempre relacionados con los supuestos peligros de la inmigración que acecha no solo a la sociedad holandesa, sino también a sus derechos sociales en una clara utilización del chauvinismo del bienestar como elemento de exclusión y de disputa entre el ultimo y el penúltimo.

Pero más allá de que el PPV haya conseguido erigirse como la segunda fuerza en el parlamento holandés, parece fuera de las quinielas que accedan al gobierno, ya que cualquier opción de gobierno necesitara del apoyo de varios partidos dada la fragmentación del voto, y ninguna de las principales opciones partidarias se ha manifestado proclive a pactar con el PVV. A pesar de que al final se realice un cordón político que evite la entrada de la ultraderecha en el gobierno holandés, corremos el peligro de que sí que entren sus ideas. Cabe hablar por lo tanto de un verdadero poder de agenda de la extrema derecha, entendido como capacidad para establecer las prioridades programáticas, las problematizaciones relevantes, los enunciados discursivos que fijarán los términos del debate sin necesidad de acceder a puestos de gobierno para ello.

Un éxito que no solo se puede medir solo en votos, sino también y sobre todo en haber conseguido que las posiciones identitarias, excluyentes y punitivas se hayan trasladado desde la marginalidad hasta el mismo centro de la arena política, condicionando hoy buena parte del debate público. Como al propio Jean-Marie Le Pen le gustaba repetir irónicamente durante las elecciones presidenciales francesas de 2002, las únicas hasta el momento en el que el Frente Nacional ha conseguido llegar hasta la segunda vuelta: “Todo el mundo habla como yo. Me he normalizado”. La gran victoria de Wilders ha sido que los principales partidos hablen como él, consiguiendo condicionar el debate público con la normalización de sus postulados xenófobos e islamofobos. Igual que termina la obra de Brecth, La resistible ascensión de Arturo Ui, “aprendamos a ver, en lugar de mirar como el cordero que marcha al matadero“: tenemos que tomar partido e impedir no solo que la extrema derecha gane elecciones, sino sobre todo, que sus ideas y propuestas no se apliquen de forma interpuesta por los partidos de la gran coalición que sí gobernaran Holanda y que sí gobiernan Europa.