Carabaña, uno de los pueblos más antiguos y desconocidos de Madrid

La Comunidad de Madrid ha sorprendido recientemente con la publicación de un mapa de bienes de especial protección que sitúan a Carabaña a la cabeza en patrimonio histórico-cultural con 92 enclaves. Situada en la Comarca de las Vegas, en el sudeste de la provincia de Madrid, esta localidad guarda entre sus calles y paisajes una riqueza desconocida y digna de ser descubierta. Un pasado apasionante y la naturaleza en estado puro nos esperan.

Los caracitanos, pueblo contemporáneo de los vetones, se asentaron en estas tierras en la Edad de Hierro. Los cerros del Tajuña acogían en sus cuevas a este pueblo prehistórico. Es de suponer que la elección del enclave no fue casual. Además de beneficiarse de las aguas del río, las cuevas que hoy en día siguen horadando la montaña ofrecían una protección especial a estos habitantes prehistóricos.

Mucho tiempo después, los romanos tomaron su relevo, situando a Carabaña como paso obligado en la calzada que unía Mérida con Tarragona. Esta ruta, que trascurre paralela al río, camino de Mondéjar, aún muestra sus vestigios. De esta época es el Templo de Diana, lugar elegido posteriormente por los cristianos para construir la Ermita de Santa Lucía, Iglesia que da la bienvenida al visitante.

                             

En el corazón de la localidad, en la actual plaza del Ayuntamiento, fundida en un edificio en el que parece camuflarse, encontramos los restos de un ara o altar romano, donde queda constancia de una inscripción en la que se ruega por la recuperación de un, suponemos, habitante de la villa:“Saturnino por la salud de Cayo Clodio Quintiliano consagró este voto”.

Con el devenir de la historia, la adoración a estos dioses se sustituye por el cristianismo, religión que adopta el pueblo visigodo. Ellos también se asientan aquí y dejan constancia en uno de los tesoros que guarda la Iglesia parroquial: una pila bautismal del siglo VI, encontrada en la capilla de la Virgen de Fátima en los años sesenta del siglo pasado.

Cruzando el río, en el cerro de Cabeza Gorda, se haya una necrópolis de esta época. Las sobrias tumbas son fosas cavadas en el yeso en las que se han encontrado piezas de cerámica del ajuar mortuorio, dejando patente cómo esta zona ha sido a lo largo de los siglos el emplazamiento elegido por muchos de los pueblos que habitaron la meseta central.

El Renacimiento a las orillas del Tajuña
En el siglo XVI, tan solo unos meses después de la abdicación del emperador Carlos V, en 1557, su hijo y heredero Felipe II, otorga el título de Villa a Carabaña. Se trata del mismo monarca que decide fijar la capital del reino en Madrid, a menos de 50 kilómetros. Es en este siglo XVI cuando Carabaña se convierte en una villa con casas palaciegas como el Palacio del Virrey. Aunque aquí no residió nunca un virrey, todo apunta a que se trata de la casa palaciega de alguien que trabajó para el virrey de las Indias. Con patio toledano y escudo en la fachada, hoy luce una portada barroca y es una residencia de ancianos.

Paseando por este pueblo, algunos de sus edificios dejan adivinar que el Palacio no era una excepción. Balcones enrejados y grandes dinteles de piedra se encuentran en la misma línea, aunque exigen que el visitante sea capaz de fijarse en el detalle.  El Palacio de la Plaza de España es una muestra de ello. Descrito en el siglo XVII como un palacio con jardines, granero, alameda y tercia para el vino, es una prueba de cómo Carabaña era el lugar elegido por señores para pasar largas temporadas.

 

El Palacio de la Plaza de España (izquierda) y la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción.

Como en muchos de los pueblos de la zona, las dimensiones de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, erigida durante el reinado de Felipe II, demuestran que en pleno renacimiento la ribera del Tajuña tenía un gran dinamismo comercial y una creciente feligresía. La imagen del Cristo se debe a la concesión de la condesa de Oñate, quien dona al pueblo la imagen en el siglo XVII. Es en esta misma época cuando se construyó la mencionada Ermita de Santa Lucía.
Muy cerca de ésta, no podemos dejar de visitar el puente sobre el río Tajuña (s. XVI) que se encuentra casi escondido, entre higueras, hiedras y sauces, y cuyo recorrido nos conduce a la Vía Verde que hoy transitan con asiduidad ciclistas y excursionistas cada domingo.

Las fuentes
Fuente de Carlos III. En la Plaza de España, donde se sitúa el Ayuntamiento, se encuentra la fuente neoclásica de 1789 y cuyo rumor da vida a la plaza más importante del pueblo.

                                 

Fuente del Altillo y fuente de la Plaza de Virginia del Pozo. Idénticas, estas blancas y sencillas fuentes están dispuestas para refrescar a los vecinos en los rigurosos veranos de la Vega. El agua de la última servía para bendecir las casas en Sábado Santo y “espantar a los demonios”

                                 

El auge de las Aguas de Carabaña y el ferrocarril
A la entrada del pueblo sigue en buen estado de conservación el edificio que alojó una pequeña central eléctrica cuyo fin era abastecer de luz las instalaciones de envasado de una de las aguas medicinales más famosas del país en el siglo XX: Aguas de Carabaña. La empresa “La Favorita”, de la familia Chávarri, embotellaba el agua de la Fuente de las Salinas, que mana en el cerro de Cabeza Gorda, próximo al pueblo. Sobre él se alza el balneario erigido por el fundador. Un edificio modernista de color rojo que durante la guerra civil albergó al Estado Mayor del Ejército en su paso hacia Valencia.

Parte del auge de las aguas se debe a la mejora del transporte por la llegada del tren. Esta línea del Tajuña sembró de apeaderos y estaciones la comarca. El llamado popularmente “Rompecepas” tenía fama de pitar mucho y correr poco. Se inauguró a finales del siglo XIX, aunque es en 1908 cuando llega a Carabaña.

Posteriormente, por la riqueza de la tierra, en la guerra civil se convierte en la mejor forma de enviar alimentos a la hambrienta capital y de que muchos niños fueran enviados lejos de un Madrid bombardeado. Hoy, tras su reconstrucción, la antigua estación es un pequeño edificio de piedra y ladrillo. Simple pero con encanto, rememora la época dorada del ferrocarril.

Idénticos materiales fueron los empleados para la construcción del colegio público “Doctor Cortezo”, de principios del siglo XX. Fundado por orden del entonces Ministro de Instrucción Pública y Presidente del Consejo de Estado, Carlos Cortezo, este edificio es uno de los más destacados del pueblo por su factura funcional y representativa de su época. Muestra a la perfección el impulso renovador que algunos políticos de las primeras décadas del siglo XX, cuya ansia era modernizar y europeizar un país en horas bajas.

Aguas de Carabaña, aceite y productos de la huerta
Declaradas medicinales en el siglo XIX, las aguas del manantial de la Fuente de la Salina, han llevado el nombre del Carabaña a todos los rincones del mundo. Las célebres botellitas cuya etiqueta modernista es característica, aún se venden en algunos establecimientos del pueblo.

Descubiertas a finales del siglo XIX por Ruperto Chávarri, deben su fama a sus propiedades purgadoras, antirreumáticas y beneficiosas para afecciones alérgicas y dermatológicas. Además de por su agua, el nombre de Carabaña sigue teniendo amplia repercusión por los productos de su tierra. Convertidos en delicatesen, los productos de la “Huerta de Carabaña” y el aceite se comercializan en tiendas gourmet y son el fruto de la fértil vega del Tajuña. Es conocida la afición de expertos paladares por los tomates de la “Huerta de Carabaña”, de las pocas variedades que aún conservan un sabor que rememora los días de verano de la infancia. El aceite, fruto de olivos de variedad cornicabra y hojiblanca, es intenso y su método de extracción en frío lo convierten en uno de los mejores de la Comunidad de Madrid

 

La Pasión Viviente
Desde 1988 se celebra la representación de la Pasión de Jesucristo a lo largo de un recorrido que toma las calles del pueblo. Los vecinos participan como actores que encarnan a personajes en cada una de las escenas evangélicas que se van desgranando cada Viernes Santo. La oración en el huerto, el tribunal del Sanedrín, la crucifixión y la resurrección se representan a lo largo de un recorrido que, haga frío o calor, suscita cada año un interés creciente.

Esta representación ha sido declarada Bien de Interés Turístico Cultural y destacando como una de las más visitadas de la Comunidad de Madrid.

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