¿Qué es ser ‘de izquierdas’?

En España hay tantas izquierdas como personas que se dicen de izquierdas. Quizá de ahí provenga la ya crónica dificultad de los partidos políticos progresistas para ponerse de acuerdo y formar Gobierno. Incluso la palabra progresista, que acabo de emplear, es para mucha gente un calificativo de derechas. Un progre, para ciertos izquierdistas, es alguien burgués, porque abrazando la idea de progreso o de reforma, se rechaza la de revolución.  Es muy difícil llegar a un consenso sobre qué es ser de izquierdas y, a menudo, esa dificultad tiene como resultado que gobierne (o siga gobernando, como es el caso) la que, sin lugar a dudas, es la derecha.

Liberal-demócratas, socioliberales, socialdemócratas, socialistas, ecosocialistas, ecologistas, altermundistas, feministas, animalistas, pacifistas, anticapitalistas, antisistemas, anarquistas, libertarios, antifascistas, comunistas, marxistas, trotskistas, leninistas, bolivarianos, maoístas, etcétera… Todos ellos se arrogan de una u otra manera –y a veces en exclusiva– el calificativo de izquierdistas o, cuanto menos (en el caso de los liberal-demócratas y los socio-liberales) de progresistas.

Con razón unos cuantos politólogos, si llegan a asomarse a él, se reirán de la pregunta y del trazo grueso de este texto. Otros lectores estarán ya desenvainando la espada, preguntándose quién escribe esto y a quién beneficia. Seguramente mi origen, mi formación o mi clase social, según algunos, me invalide para teorizar sobre la izquierda. Pido disculpas de antemano a ambos sectores del respetable.

En La nación dividida (1977), José María Ripalda expone las íntimas contradicciones personales del filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), que son -todavía- las íntimas contradicciones de la izquierda: “En su interior se entrechocan la gran ola de la eterna clase dominante y la resaca, unas veces encubierta, otras encrespada, de la eterna anticlase sin configurar”. Para muchos, el filósofo alemán es el primero en sentar las bases conceptuales de las revoluciones a las que asistiría el mundo en las décadas ulteriores.

Hegel era un burgués. Es decir, alguien que por su patrimonio económico y cultural pertenece a las clases medias (clase media-alta, media-media o media-baja). Existen personas que consideran que el hecho de pertenecer a la burguesía es incompatible con ser de izquierdas. Sí, todavía hay quien usa la palabra burgués como un adjetivo descalificativo. Los izquierdistas, para este tipo de personas, pertenecerían exclusivamente a la clase obrera, es decir, aquella formada por los individuos venden su fuerza de trabajo a cambio de un salario.

En sentido estricto, los miembros de la clase obrera (los proletarios) carecen de propiedades y de medios de producción. Si esto todavía es verdad, hoy en día poseer un ordenador conectado a Internet, por ejemplo, lo saca a uno del proletariado. Porque un ordenador, utilizado de la manera adecuada, es un medio de producción. Los proletarios, además, ya no traen al mundo proles. La tasa de fertilidad en España es del 1,32 (de las más bajas de Europa).

¿Qué ocurre cuando el salario que uno recibe a cambio de un trabajo le permite situarse en la clase media de la sociedad? ¿Existe la burguesía obrera? ¿Qué sería, por ejemplo, un profesor universitario -y, por tanto, asalariado y funcionario-? ¿Un burgués o un obrero? En caso de que convengamos en que un profesor universitario es un burgués… ¿Puede un burgués erigirse en representante de la clase obrera?

Del dicho al hecho

Por eso es frecuente escuchar estos días que lo importante no es cómo se defina un partido político, sino las medidas que propone y las políticas que aplica. Hace poco Pablo Iglesias, el líder de Podemos (que se define a sí mismo como socialdemócrata), espetó lo siguiente al secretario general del PSOE,Pedro Sánchez: “El PSOE ha firmado un pacto que consolida los privilegios de las oligarquías y favorece la precariedad. No se extrañe si alguna vez le piden que entregue la ‘S’ y la ‘O’ de sus siglas, señor Sánchez”.

Básicamente venía a decir algo que ya es un lugar común desde tiempos del sorpasso y Julio Anguita: el PSOE no es de izquierdas o, al menos, sus políticas económicas no lo han sido. Con lo cual lo de socialista y obrero ya no aplica.

Es curioso que Pablo Iglesias se defina como socialdemócrata, porque Albert Rivera, se define igual. Según él, Ciudadanos es liberal y socialdemócrata. Sobre el significado de la palabra liberal, por cierto, conviene no caer en conclusiones precipitadas. Pedro Sánchez, faltaría más, también se considera socialdemócrata. Así que tenemos a tres socialdemócratas que no se ponen de acuerdo. No me digan que este país no es maravilloso.

Hay quien piensa que si se acepta la economía de mercado (aunque sea exigiendo todo tipo de controles y de medidas de gobernanza global, como la tasa Tobin, y de redistribución de la riqueza), entonces uno ya es de derechas. Hay quien cree que el pluripartidismo y las democracias liberales -o sea, burguesas- son, per se, de derechas. Lo mismo dicen de los Derechos Humanos: son eurocéntricos y consagran el derecho individual a la propiedad; así que son de derechas. Existen así mismo personas que piensan que sólo son de izquierdas los que emprenden la lucha armada (perdón por el eufemismo) o los que la justifican o la han justificado. No hace falta que siga. Baste decir que hay quien piensa, por ejemplo, que Arnaldo Otegi es de izquierdas…

Hay en la izquierda incluso quien cree que si uno no es antisistema eso le convierte automáticamente en prosistema, o sea, en derechista. Aunque, todo hay que decirlo, también existe gente antisistema de derechas: ahí están los fascistas y los neonazis. En cualquier caso, no creo que el capitalismo sea un sistema. Esa palabra le viene grande. Más bien vivimos en un tinglado.

Otras personas, me cuento entre ellas, consideran que (salvo en el siglo XIX) es imposible ser nacionalista y de izquierdas. O ser violento y de izquierdas. O apoyar y contemporizar con una dictadura (la cubana, la iraní…). O ser machista y de izquierdas (de hecho creo que es imposible considerarse de izquierdas y no ser feminista militante). También me parece incompatible ser productivista y de izquierdas. O dogmático y de izquierdas. Todos los días veo actitudes y escucho discursos de individuos que se creen muy de izquierdas y que, a mí entender, son de derechas. O que, por lo menos, caen en tantas contradicciones e incoherencias como yo. Generalmente a esos individuos, y por los motivos exactamente contrarios, yo también les parezco de derechas.

Existen la gauche divine, la gauche caviar y también los redskins y los S.H.A.R.P.S. Y todos se dicen de izquierdas. La posición que uno tome respecto a conceptos como revolución, emancipación, conciencia de clase, bien común, conflicto, capital, poder, Estado, utopía, democracia, pueblo, ciudadanía, libertad, igualdad y fraternidad serán determinantes a la hora de definirse. Pero todos esos conceptos deben palpitar en la mente de un izquierdista. En el caso de la revolución, un servidor, por ejemplo, cree que los grandes cambios son obra de microrrevoluciones, de las pequeñas revoluciones permanentes de la vida cotidiana que subvierten las relaciones de poder establecidas entre los individuos… No creo en la Revolución con erre mayúscula. Ni en el pueblo. Se siente.

Quizá más importante que preguntarse qué es ser de izquierdas es preguntarse qué es ser una buena persona y, además, cuáles son las intenciones y las motivaciones de cada cual. Pero obras son amores. Basta de teorizar. Puede que para decidir si alguien es o no de izquierdas haya que fijarse únicamente en sus actos. Si sólo actúa en favor de los más pobres. Si lleva su compromiso con los más débiles y desfavorecidos hasta el punto de desprenderse de sus propiedades y de la más preciada de todas: de su tiempo. Si se forma y comparte sus saberes y habilidades. Si enseña a pescar en lugar de dar peces. Si acompaña al individuo en el proceso de emancipación. Si se niega a realizar toda transacción comercial para no alimentar la espiral homicida del capitalismo salvaje. Si vive al margen del sistema bancario. Si no compra la fuerza de trabajo de un ser humano. Si intenta reducir al mínimo el desfavorable impacto medioambiental de su paso por el mundo. Si sólo intercambia, recupera, recicla y reutiliza…

En ese caso podemos dejar de buscar (y de sentirnos culpables). En España no existe nadie de izquierdas. Sin embargo, afortunadamente, el mundo está lleno de buenas personas. Y algunas no se consideran de izquierdas.

 Toño Fraguas
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